
En momentos en que las salas de cine de Puerto Rico exhiben desde el 20 de abril, el filme “Los Reyes de la Salsa, la historia de Richie Ray y Bobby Cruz”; y la obra de Jairo Varela, líder del Grupo Niche continúa siendo objeto de diversos estudios y versiones; esta semana hemos visto “Rebelión” (2022), proyectada en Colombia desde noviembre pasado y disponible en Netflix, con metraje de una hora y 45 minutos, que constituye un acercamiento a la intensa etapa creativa del legendario cantante y compositor Joe Arroyo, un astro muy particular y peculiar dentro del universo musical de Colombia.
En estos días en que los ‘biopics’ sobre figuras de relevancia han encontrado cabida en la industria cinematográfica como nunca antes, surge “Rebelión”, narrada con una densidad que logra empatía con el espectador ávido de ver otra faceta del artista que dio voz a temas como “Volvió Juanita”, “Los charcos”, “El caminante”, “Con gusto y gana”, “La noche”, “Pa’l bailador”, “Mary”, “Ban ban”, “Barranquillero”, “En Barranquilla me quedo”, “Somos seres” y un largo etcétera; y cuya vida siempre estuvo rodeada de una especie de mitos que pocos conocieron.

La obra de Rhayuela Films, Jinga Pictures y Alacran Pictures, en una coproducción colombo-argentino-estadounidense, bajo dirección de José Luis Rugeles (‘Alias María’, ‘Merciless’); cuenta con roles protagónicos de un convincente Jhon Narváez (‘Pájaros de verano’, ‘Frontera verde’); Angie Cepeda (‘Pantaleón y las visitadoras’ (1999)), y Martín Seefeld (‘Al final del túnel’)
Basado en el libro del periodista Mauricio Silva y guion de Chucky García, Martín Mauregui y el propio Rugeles; quienes obvian tomar el camino fácil del relato frívolo de los excesos, y optan por una aproximación más íntima al sujeto humano; muchas veces en su aislamiento confuso, atribulado por sus temores y sensibilidad espiritual; su proceso creativo; apegos familiares; su torrente sexual e influencias musicales; donde afloran boleros de Benny More; reggae de Bob Marley; el Konpa dirèk haitiano y otros híbridos afrocaribeños, cuyas pinceladas fueron su sustento y están esparcidas en toda la obra musical de Joe Arroyo (Cartagena de Indias, 1955–Barranquilla, 2011).
La citada densidad inicial, viene a cuentas ya que el relato toma, como punto de partida, un momento crucial y reflexivo del personaje -ubicado en un hospital, que hace alusiones a tiempos y espacios de su pasado como líder de su orquesta La Verdad-, sin mostrar sus etapas previas, con grupos y figuras como Los Líderes, Los Bestiales, Pacho Galán, Los Latin Brothers, Fruko y sus Tesos; La Sonora Guantanamera o Los Titanes. No, aquí no hay nada de eso.
Aunque sí hay pasajes donde vemos al adolescente Joe, de ocho o diez años, apasionado por el ambiente musical de su entorno natal (Nariño, Cartagena); el grueso de la obra está centrado desde principios de la década de 1980, cuando inicia su mayor boom, que se extendería por los próximos veinte años, aunque paradójicamente el filme se ocupa de no más de diez temas musicales.
El aspecto sonoro -junto a la música de Pablo Mondragón-, y la fotografía de Mauricio Vidal, con su diversidad de tonos, planos, encuadres y movimientos, son el alma de la obra fílmica; donde el paso de una cucaracha o el desparrame del agua se acentúan igual que la combustión de la pipa y la inhalación del narcótico que tumba al personaje de mirada perdida hacia el techo; la cámara se hace cómplice de sensaciones que el espectador percibe sin cortes bruscos; en su lugar con fundidos sutiles que van reiteradamente desde lujosas suites de hoteles, hasta ambientes de mugrientos cuartuchos decadentes, de trastos desvencijados, pintura arruinada, caos, tenue luz y suciedad.
Aunque están latentes escenas en Cartagena, Barranquilla, Madrid, Bogotá, New York, Barcelona, Miami o Londres, es una obra eminentemente de espacios interiores; con escasos minutos de material de archivo real; en la que, sin ningún apresuramiento morboso más allá de lo básico, el relato expone al artista (de cuatro matrimonios y siete hijos) en momentos de su ebullición creativa; triste; enfrentando momentos autodestructivos; al demonio de sus decisiones; al personal de su entorno; la inquietud por sus hijos y el interés de los medios de prensa. Aun así, al rostro del espectador se asomarán sonrisas.
No es una obra complaciente que intente acomodar la percepción sobre una de las figuras de mayor arraigo del folklore colombiano, y en esa honestidad radica el valor de la misma. Vale agregar que tanto Julio Ernesto Estrada (Fruko) como Jairo Varela son otros genios musicales de los cuales también esperamos producciones fílmicas que nos acerquen a su lado humano. AQ/22.05.23
Por Alex Quezada